Tabaquillo. Polylepis Racemosa. Polylepis Australis. El ermitaño solitario que vive en las alturas.

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Foto 1 de

El Tabaquillo

El ermitaño solitario que vive en las alturas

Polylepis australis

Rosáceas

En lo más alto y yermo de las Sierras Grandes, donde ningún otro árbol se atreve a crecer, guarecido en lo hondo de una hendida quebrada, o suspendido de la resbaladiza faz de un abismo, o envuelto entre blancas nubes, algún tabaquillo se levanta, heroicamente, arrostrando las inclemencias del viento y el frío. Su hogar es la montaña. Su hogar es la cima. Sólo en la altura medra. La tersa monotonía de las pampas no son para este ignorado colono de nuestros páramos más hostiles. ¡Cómo se recrea la vista cuando, tras pajonales infinitos que ondean como olas, aparece de pronto, tímido, rompiendo la amarilla aridez del paisaje, un escueto tabaquillo! Es como si, allá a lo lejos, estuviera encantado. Acaso el contraste entre la adusta aspereza de los parajes aquellos y la amable bondad de este pobrecillo, que con su sombra fresca consuela el cansancio y anima con sus colores alegres la vista, despierten en el viajero una apacible calma, como el río que, embravecido, llega a un remanso y pierde velocidad, hasta espejarse. Para mí, quiero decirlo, es un vivo mensaje de esperanza. Allá arriba, cuando la vida parece que no es posible ya, cuando no hay más que piedra y cielo, entonces de la nada aparece. Para mí, quiero decirlo, es un monumento a la perseverancia. ¿Sabes para qué está allí el tabaquillo aquel, que crece en la piedra misma, horadando con sus raíces el granito duro como diamante? Para recordarte que no te des por vencido, que acometas las adversidades con soberbio arrojo y tenaz porfía. Aun cuando muere, muere de pie, hacia el cielo alzadas sus ramas, como si el sueño definitivo lo hubiese hallado orando.


Junto con el Maytén, El Tabaquillo es el único único árbol que medra en la altura. Se desarrolla por encima de los 1.800 metros sobre el nivel del mar, por lo que en Córdoba es exclusivo de las Sierras Grandes. En el macizo de Los Gigantes, o en la desolada Pampa de Achala, se lo puede encontrar aún, resistiendo el viento y el frío de la montaña. Con las condiciones adecuadas, como en los recodos y quebradas guarecidos de los vientos helados, crece como árbol, alcanzando hasta 8 metros de alzada, sino se constriñe a arbusto.

Hoy se encuentra en franco peligro de desaparecer de nuestras sierras. Es tan recio y adusto a las heladas, la sequía y las condiciones adversas de la montaña como vulnerable a las amenazas del hombre, como el pastoreo excesivo, los incendios y la tala. Su crecimiento es extraordinariamente lento, por lo que es tardo para recuperarse de una agresión. Cada Tabaquillo que lo logra allá arriba es, en verdad, un pequeño milagro.

Por fortuna, hay un grupo de paisanos que desde hace años se dedican devotamente a su cuidado y medra. Daniel Renison ha logrado restaurar nada menos que 40 hectáreas de puros Tabaquillos. Loa a su trabajo y compromiso.

El Tronco

Si hay algún árbol nativo que posea un tronco inconfundible, sin duda alguna es el Tabaquillo. Otros colegas con troncos fáciles de reconocer, como el Chañar, la Brea o el Quebracho Blanco, no lo aventajan. La corteza del tronco y el ramaje se encuentra cubierta por sucesivas capas de una fina epidermis rojiza que continuamente se exfolia, y que ajadas unas sobre otras semejan un esponjoso hojaldre. Tan notorias son, que debe su mismo nombre a estas láminas, pues son muy parecidas a las hojas de Tabaco secas. En algunos ejemplares alcanza hasta 5 cm. de espesor.

Muchas de estas delgadas láminas, ya descamadas, se menean con el viento, de modo que, visto a la distancia, con sus barbas de viejo hirsutas y crespas que, pendiendo de sus ramas tortuosas, semejan colosales telas de araña, y desollado en carne viva con su piel raída en jirones, el Tabaquillo cobra un aspecto fantasmal y vaporoso. Se dijera hechizado, allá vertiginosamente suspendido de una peña, con su ramaje abismado en una quebrada profunda.

El Follaje

Es persistente y laxo.

La Hoja

Agrupadas en menudos ramilletes, son compuestas, imparipinnadas con 5 0 7 foliolos oblongos, sésiles, festoneados, de dos y medio cm. de largo y alrededor de un cm. de ancho, verde oscuro ventralmente, y grises dorsalmente.

La Flor

Florece en verano. Las flores, pequeñas, verdosas y hermafroditas se agrupan en discretos racimos axilares.

El Fruto

De forma elipsoide, es un aquenio que está incluido o rodeado por el receptáculo coriáceo de lo que fue la flor y que generalmente tiene tres alas festoneadas.


Tabaquillo, hermano mío, de todos nuestros árboles, acaso ninguno menos conocido que tú y, no obstante, ninguno tan hermoso, tan raro, tan curioso. Tú despides un inefable misticismo que me inunda. Tú me infundes un respeto reverencial. Tú, con tus barbas de viejo pendiendo lacias de tus ajadas ramas, y con la luz crepuscular encendiendo tus hojas en la hora última, tú me dejas pensativo y manso, lleno de una noble paz.

¡Qué de cosas nos enseña este sufrido ermitaño de nuestras sierras! Si tuvieras su voluntad inquebrantable, cuántas cosas que no te atreves a empezar, empezarías. Si tuvieras su templanza, a cuántas cosas que debieras negarte, te negarías. Si tuvieras su fortaleza, cuánto resistirías. Si tuvieras su frugalidad, con cuán poco te bastaría.

La próxima vez que, arreciando la tormenta, arrebujado en tu tibia cama mires por la ventana, piensa en el Tabaquillo, allá arriba, azotado por el viento, jadeante, mojado y aterido.

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